domingo 14 de agosto de 2011
viernes 8 de julio de 2011
jueves 23 de diciembre de 2010
EL MIEDO A PATEAR AL ARCO
Cuando los social scientists desean realizar una radiografía de cualquier sociedad, emplean --que duda cabe-- diversos métodos y variables. Una de las variables mayores explotadas en los procesos de investigación modernos, que proporciona muchísimos datos y magnifica las conclusiones es: la mayor tradición popular lleva implícita la ideología nacional. Actualmente en el Perú la mayor tradición popular es el fútbol. El “Deporte Rey” recibe la mayor cobertura por parte de la prensa, hombres y mujeres buscan en los futbolistas a sus héroes de la juventud, y no es casualidad que Arturo Woodman, presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD) --entidad encargada de de velar por el bienestar de todas las disciplinas deportivas profesionales--, haya planteado como principal objetivo de su gobiernos que la selección peruana de fútbol asistiera al mundial.
En síntesis, si cerca del 85% de la población peruana “tiene” una pelota en la cabeza, no resulta raro que ubiquemos en varias de las manías y deficiencias de nuestros futbolistas, los rasgos distintivos que ayudan a identificarnos entre millones de individuos como peruanos.
En especial, una deficiencia del futbolista peruano, es la que nos interesa, porque nos ayudará a comprender a una de las armas de dominación política y de control social que se convertido en una de las trabas mentales (agente persuasivo) del peruano: el miedo. El jugador peruano a nivel mundial tiene uno de los promedios de remates al arco más bajos. Los psicólogos sociales concuerdan en que esto se debe a la poca confianza en sí mismo y en el miedo al éxito. Si por simple estadística podemos determinar que de 10 remates al arco sólo uno llega a su destino, el peruano no chuta por vergüenza a que lo vean fallar nueve veces antes de lograr el éxito.
En pleno apogeo conductista, el miedo era considerado como una característica inherente a la sociedad humana alojada en la base del sistema educativo tradicional (que en buena medida se define por el esquema básico del premio y del castigo). No obstante, en pleno Siglo XXI, diversos autores consideran al miedo como una forma de control de la población, haciéndose hincapié en la creación de falsos escenarios de inseguridad ciudadana. Y esta última postura es la que estamos desarrollando para explicar el acomplejamiento de la sociedad peruana.
Siendo muy estrictos, la explicación la encontramos en que el peruano carga sobre sus hombros con 189 años de traumática vida republicana, en donde ha resignado siempre que las mejores intenciones nacionales hayan sido desplazadas por los intereses particulares de casta y clase. Asimismo, el peruano vive en una sociedad darwinista coronada por la cultura de la desconfianza, donde la coacción por parte del Estado ha sido el medio para mantener el orden social. Con todo esto la sociedad peruana ha convertido al miedo (en todas sus dimensiones) en el agente persuasivo de sus acciones.
Hoy Londres, “La Nueva Grecia”, tiende a dinamizar sus manifestaciones y productos culturales para sepultar ciertas prácticas nocivas, como los conflictos raciales y religiosos, usando como medio la tolerancia y la inclusión social. Pero detrás de eso, en la ideología de los londinenses, el miedo como categoría social ya no existe porque ha sido reemplazado por los valores. ¿Y Lima? Nuestra capital como bastión cultural del Perú nos permite concluir que conformamos una sociedad que por el miedo se resiste a progresar. Somos una sociedad estacionaria en la cual hemos procurado mantener todo en su sitio (instituciones, ideologías, canales de distribución de la riqueza) para ahorrarnos el trabajo de levantar la cabeza y sincronizar bien nuestro cuerpo para rematar al arco, y nuevamente, todo por el miedo.
Es cierto que en el Perú como en otros países latinoamericanos, el miedo alimentado por factores históricos, políticos y religiosos, aún conserva un fuerte arraigo social; pero no desprendernos de él va a originar que sigamos viviendo de espaldas al progreso (entiéndase por progreso una situación donde se acorta la brecha entre ricos y pobres, en lugar del crecimiento económico que vivimos y que muy poco nos favorece). Para desarrollar esta idea es necesario reformar y reivindicar las viejas instituciones, familia y escuela, ya que dentro de ellas es donde el culto al miedo nace y se desarrolla. Pero eso no es algo que debemos esperar de los Gobiernos, sino algo que estamos en la obligación de realizar por nuestro bien y por el bien de las generaciones que vendrán.

